Algo que proponer. [2]

by Srta. Adler

bé2Berta permanece recostada contra el respaldo de la silla metálica de la cafetería. Ligeramente entornados los ojos mientras da una calada más, corta esta vez, a su cigarrillo que está a punto de consumirse. Da un último vistazo al cenicero para comprobar que la carta ha desaparecido, reducida a cenizas. Apura el cigarrillo casi hasta el filtro y lo apaga presionando la punta sobre el recipiente de cristal. Deja caer la colilla y mientras expulsa el humo de la última calada saca otro cigarro de la cajetilla. Da un par de golpes con el filtro en el cartón que el joven acaba de devolverle tras coger un cigarro que ha encendido con su propio mechero.

Un suspiro largo y cansado. De veras, no le sienta nada bien el maldito insomnio. Quizá debiera plantearse seriamente visitar un médico, porque en aquel preciso instante está tan destrozada que lo único en que puede pensar es en dejarse caer sobre su mullido colchón. Pasa la mano por el flequillo para reordenar las hebras platinadas de su cabello hacia atrás con la mano que aguanta el cigarrillo aun sin encender entre los dedos índice y el corazón. Vuelve a coger el vaso de café de la mesa y da otro sorbo más. Luego devuelve el recipiente de cartón a la mesa y observa al chico que asiente a sus preguntas. Otra fiesta en casa de su primo. Explica. Berta lo observa y tarda unos minutos en visualizar la imagen de la hacienda. Recuerda una piscina y un jardín grande. Aunque quizá esté idealizando el recuerdo. Al fin deposita el cigarrillo entre sus labios pero no lo enciende aun. Extrae de su pantalón un clíper verde y lo acciona. La llama prende el cigarrillo y da la primera calada. Expulsa el humo hacia la derecha, torciendo la boca un poco pero sin perder el contacto visual con Alghieri.

En unos días. Dice él. Berta suele estar ocupada cada noche. Trabaja en un bar de Oslo. Sirve mesas y le pagan un pico por cantar pasada medianoche, cuando la población joven suele ocupar el local. Berta no ha oído nunca rumores sobre ella. Aunque también puede que sea porque no se para a escucharlos. No le importa que hablen de ella. Tampoco está preocupada por lo que la gente sepa o deje de saber acerca de lo que hace con su cuerpo. No se vende cerca de las inmediaciones de la universidad. Aunque muchos de los que frecuentan el bar en el que Berta trabaja como camarera/cantante, saben que, en caso de necesitarla, pagando siempre encuentran los discretos servicios de la rubia. Carraspea antes de empezar a hablar. Se incorpora al fin y lo mira seria de nuevo. Están hablando de negocios. De dinero con el que Berta come. Apoya los codos en la mesa.

Si me coincide con el trabajo del bar, doblas el sueldo de esa noche —dice— En efectivo y sin factura —añade. Se queda pensativa un momento y vuelve a recostarse contra el respaldo de la silla para dar una calada mientras observa al chico repasando las condiciones— Si queréis algo más que yo y una guitarra subirá un poco. Los músicos no trabajan gratis y yo tengo que comer. —explica. Está claro que no va a pedirles nada desmesurado aun sabiendo que vienen de buena familia. No es de esas. No se aprovecha de la gente y se conforma con poco— Si no me coincide con trabajo dejo que elijas la cifra tú. —Otra calada al cigarro. Y vuelve a colocarse el flequillo hacia atrás, despejando su cara. Vira sus orbes azules hacia un punto al azar de la cafetería y pasea la mirada alrededor, mirando a la gente. Luego vuelve a Alghieri cuando se le ocurre algo más— Obviamente, quiero saber la cifra antes de actuar, por si no estoy conforme—añade— Sobre el tiempo, está bien. Hora, hora y media. No sé si me quedaré después, depende del ambiente y la evolución de la fiesta —iba a trabajar. Berta no era fiestera. Si bien era cierto que si estaba de fiesta las disfrutaba, no solía salir por iniciativa propia y, aunque después solía pasarlo bien, la vez siguiente volvía a rechazar la oferta aunque acababa asistiendo.

¿No eres mucho de hablar, eh?

No. Berta no suele hablar más de lo necesario. No confía en nadie como para extenderse en palabras que puedan usar contra su persona. Y no es para menos. Aunque lo oculta y no ha querido nunca hablar sobre su pasado con nadie, la tortura y el maltrato han sido, a lo largo de su vida, el pan de cada día. Por eso huyó de casa tras la muerte de su madre. Con diecisiete años abandonó su hogar para empezar a autoabastecerse (como podía, y aceptando lo que le viniera de frente) y vivir de su propio esfuerzo. No es desconfiada por gusto, solo cuida de sí misma como mejor sabe. Y como mejor sabe es alejándose de los demás, a sabiendas de que cualquiera podía hacerle daño. No hablar es una manera perfecta de no crear lazos de confianza, sentimentales o de cualquier tipo y eso ahorra, a la larga, muchos disgustos. Es experta en disgustos, y no, no quiere ni uno más.

Observa, con su nuevo cigarro recién empezado en los labios y los ojos entornados, al joven Alghieri. Se dedica él a sacar una servilleta y una pluma. Escribe en ella una cifra y la dobla. Se la pasa a Berta por encima de la mesa. La joven deja el cigarrillo entre los labios y toma con sus manos el pedazo de papel. 1500. Observa la cifra, sostiene el papel con la diestra y lleva la izquierda a sus labios. Da una calada y se quita el cigarro de la boca para sostenerlo de nuevo entre el dedo índice y corazón. Deja escapar el humo entre sus labios aun mirando la cifra. Calcula una repartición para el grupo y alza los ojos para mirar a Vercelli. Ante sus preguntas asiente con la cabeza. Servirá. Dice a media voz. Aun vuelve a mirar la servilleta una vez más antes de dejarla sobre la mesa. Da un toque con el pulgar en el filtro del cigarrillo y la ceniza sobrante se desprende de la punta de la colilla para caer al suelo. Se lo vuelve a llevar a los labios para dar una nueva calada. 375 euros por una noche es más que suficiente para pasar una semana administrando muy bien el dinero. Incluso podría salvarla de hacer ciertas horas extras. El alivio casi se imprime en su rostro, quizá vaya algo apurada económicamente por no asistir a sus “citas” pero con esos 375 euros, podría sacrificarlo una semana. Desde luego, está claro que no lo hace por gusto.

Estará bien. —afirma, tras quedarse un rato pensativa. Mira a Alghieri de nuevo y sonríe con marcada gratitud. Realmente, el joven no sabe cuánto lo agradece Berta— Cubre de sobras una noche—añade— Nos encargaremos de animar tu fiesta de cumpleaños —. Tampoco sabe que más decir. A Berta no suelen salirle las palabras, como el chico puede comprobar. Probablemente aquella estuviera siendo la conversación más larga que había mantenido en semanas. Busca algo, un tema de conversación con el muchacho de rizos, pero no encuentra nada. Al final, acaba pasando a lo obvio— Y… ¿Cómo te va por la universidad? —pregunta— ¿Dispuesto como cada curso a dar la nota? —dibuja una sonrisa ancha, casi cómplice, a sabiendas de que al chico le precede la fama de gamberrillo encantador. De bromista sin ánimo de ofensa. A Berta no le molesta la gente así, casi tiene cierta admiración por la desenvoltura que llevan por el mundo, ese saber vivir sin preocupaciones. Los envidia, en cierto modo, por vivir aparentemente despreocupados. Ella no puede permitirse el lujo.

La desconcierta, ligeramente, la risilla disimulada de Alghieri. Hace que ladee la cabeza sin entender y la incomoda ligeramente aunque no lo plasma en su actitud. Está a punto de preguntar. A punto de pedirle que le explique lo gracioso del tema cuando el joven de rizos inicia su respuesta.

Sí, tengo que dar la nota. Necesito la beca Erasmus.

Berta lo observa y parpadea. Claramente, Alghieri no ha entendido su pregunta. Se lo ha tomado demasiado literalmente y eso hace que sea Berta la que ría ahora. Melódica, suave. Una risa que no cabría esperar de labios de la chica. Cierra los ojos con el gesto y se lleva el cigarrillo a los labios. Da una calada y niega.

No, tontaina —el tono es casi cariñoso cuando lo mira con una sonrisa radiante y, verdaderamente, sincera— Me refería a meterte en líos. No a dar la nota en clase. Hacerte notar, me refería, entre los alumnos. Ya sabes, como meter tinte de pelo en el champú de alguna chica pija —puso el ejemplo que primero le vino a la cabeza. Había intentado hacerlo una vez con su hermano mayor. Dio resultado, pero el castigo que aplicó su padre la disuadió de volver a intentar una broma así. Miraba a Giaccomo cuando él se tiró atrás los rizos y la miró. Alzó una ceja confusa.

¿Te han dicho alguna vez que estás preciosa cuando ríes? Deberías hacerlo más.

No puede distinguir en el tono del joven Alghieri atisbo alguno de coqueteo y si existe no lo aprecia. Tampoco es una experta en la materia, de todos modos, así que simplemente ríe débil. Un sonido quedo, casi una expiración con ritmo. Todo en ella se mueve por ritmos. Es inusitado y poco convencional. Apenas se aprecia si no te fijas bien, pero los gestos (el ritmo de ellos) de la chica reflejan su estado de ánimo, su estado mental. Cuando son pausados y, es la mayor parte del tiempo, reflejan su cansancio. Su hastío y su carencia de ganas de seguir adelante. Es una joven melancólica, aunque siempre se esfuerza en no parecerlo. Sin embargo, a veces no hay rastro alguno de fuerzas suficientes. Berta no sabe de dónde sacarlas o simplemente no alcanza a ver un motivo para seguir esforzándose. A veces, todo le parece en vano. A veces, incluso a ella, sus propios sueños le parecen una tontería. Pero eso es problema suyo.

Mantiene la sonrisa. De hecho, la ensancha mirando al joven italiano. No sabe que contestar. Esas cosas siempre la pillan por sorpresa. Esas declaraciones firmes y directas la dejan con la guardia baja. Lleva tanto tiempo aguantando los desprecios de su padre que unas simples palabras bien intencionadas y sin aparente sentido oculto la confunden. Se encoje de hombros y vuelve a reír.

Pues… no, no me lo habían dicho —contesta, dudosa— Tampoco es que nadie haya tenido ocasión de hacerlo —prosigue— Así que… Gracias, supongo —añade, con un atisbo casi imperceptible de vergüenza y un leve rubor instalado en la base de sus mejillas— Lo tendré en cuenta. Sonreír más a menudo —asiente con la cabeza y ríe— Pero si deslumbro a alguien será culpa tuya ¿Te haces responsable? —se permite bromear, en un alarde de repentino buen humor.

Es falso, obviamente. Berta no encuentra los motivos para sonreír, por eso solo lo hace para aparentar, y parece que se le da muy bien. Desciende los ojos a sus brazos y los observa, moteados y repleto de marcas redondas y pequeñas de un color rosáceo, distinguidas de la piel. Son fáciles de ver, aunque no fáciles de reconocer. Se acaricia una de ellas embargada del doloroso recuerdo pero aún no ha borrado su sonrisa. La mantiene, como si el recuerdo de las marcas fuera bueno. En parte, no es el peor de los recuerdos. Ni esas son las peores cicatrices. Lleva de nuevo el cigarrillo, casi consumido de nuevo a los labios.

Suena: House on a Hill – The Pretty Reckless

@SrtaAdler