Como Guernica.

by Srta. Adler

La sala la envolvía con la sofocante combinación de blancos, grises y negros. Alguien había tenido la absurda idea que aquellos colores aportarían tranquilidad a quien tomase asiento en el cómodo sofá de negro cuero artificial. Todo parecía terriblemente estéril y frío pese a que estaba decorado con jarrones llenos de ramas de bambú y figuras varias. El verde era el único color que resaltaba contra tanto blanco, gris y negro. Aquello solo la agobiaba más. La estancia estaba impregnada de ese detestable olor a desinfectante que le recordaba al olor de los hospitales. El típico olor con el que cuando preguntabas “¿a que huele?” la gente contestaba “a nada” o “a limpio”. Solía molestarle esa reacción. Ni olía a una supuesta “nada” ni olía a “limpio”. Olía a desinfectante, a detergente, a legía, o al producto toxico que hubieran usado para limpiar el lugar. Ni siquiera escuchaba la voz del psicólogo mientras pensaba en ello. Le llegaba como un eco lejano, un murmullo que no quería comprender. Un eco que resonaba en el fondo de su cabeza. Ella seguía examinando uno de los cuadros, lo único que le gustaba de aquella consulta. Una réplica, probablemente adquirida en Ikea o una tienda similar, de “El Guernica” de Picaso. Pensó que, probablemente, la gente no reparaba en él porque era blanco y negro como el resto de la decoración.

—¿Cree que es adecuado tener una replica del Guernica en la consulta de un psicólogo? —preguntó de repente, sin siquiera preocuparse en contestar cualquier cosa que el psicólogo estuviese preguntándole, si es que estaba preguntándole algo. El psicólogo guardó silencio unos instantes mientras ella seguía mirando el cuadro. Ella giró finalmente la cabeza para mirar al hombre frente a ella y ladeó la cabeza esperando una respuesta.

—¿Cómo te sientes respecto al cuadro?

—¿Siempre contestas con preguntas a otras preguntas?

—¿No es lo mismo que haces tu?

La muchacha frunció el ceño mirando al hombre y acabó desviando la mirada y cruzándose de brazos. Tensó la mandíbula mientras pensaba si quería contestar a la pregunta del psicólogo o simplemente seguir ignorándole y evadiendo como llevaba haciendo durante toda la sesión. Observó el cuadro.

—Me gusta el cuadro.

—¿Por qué te gusta? ¿En qué te hace pensar? ¿Qué te transmite?

Se encogió de hombros mirando las formas abstractas de la réplica que colgaba de la pared. Negó con la cabeza en una forma silenciosa de decir que no lo sabía, aunque sí lo sabía. Simplemente no sabía como expresarlo en voz alta. Sus sentimientos. Nunca había sido capaz de expresarlos oralmente, dirigiéndose a otra persona. Los escribía o dibujaba, pero desde hacía tiempo no podía hacer eso tampoco. Sentía que todo lo que se le daba bien, lo que era lo suyo, lo único para lo que servía, se le escapaba de las manos, perdía el control y se sentía vacía.

—Me siento como si fuese las bombas y a la vez Guernica y toda esa gente sufriendo dentro de la ciudad. Siento que el cuadro representa en toda su abstracción como tengo mi interior. Siento que… —hizo una pausa, entrecerrando los ojos, sin dejar de mirar el cuadro y con un nudo en la garganta. Tragó saliva, pero lo único que consiguió fue trasladar el malestar al estómago. Tenía, de nuevo, esas estúpidas ganas de llorar que la acosaban todo el tiempo, pero sentía que las lágrimas se le había secado y no tenía manera de desahogarse. Porque no podía llorar, ni dibujar, ni escribir y sus sentimientos se volvían bombas temporizadas que estallaban en su interior en un momento indeterminado y hacían que no quisiese moverse, que no tuviese ganas de seguir adelante. Cogió aire y lo dejó escapar por la nariz poco a poco— Siento que… —negó con la cabeza abriendo los ojos hasta el tope, desenfocando la mirada y alzando las cejas. Mirando un punto del cuadro sin verlo en realidad— Que… Que algo no está bien. Siento que quiero huir pero en lugar de eso me escondo y no sirve de nada porque las bombas siguen estallando y mutilando todo a mi alrededor y haciéndome daño, así que cada vez tengo menos ganas de moverme y de seguir adelante. Ni siquiera tengo motivos propios para seguir viviendo y si lo hago es porque no quiero que otros sufran por mi ausencia y porque tengo miedo del dolor. Siento que no tengo motivos para vivir, que no comprendo la esencia de la vida y del mundo que me rodea y que no quiero seguir estando aquí. Y luego me siento egoísta, porque no tengo motivo para sentirme de este modo, pero me siento de este modo y ni siquiera se por qué y no sé como remediarlo… Así me hace sentir el cuadro.

Suena: Kill Me – The Pretty Reckless

@SrtaAdler

Advertisements