De no dormir.

by Srta. Adler

Hace cosa de año y medio, allá por el setiembre de 2014, llegó a mi casa una bolita de pelo menudita y adorable a la que decidí que daría mi eterno amor incondicional desde aquel primer contacto hasta que la cruel muerte nos separase. Los primeros días fueron duros, sí. Ella llegó a mi con cinco días, su madre la había abandonado, y me tocó darle el biberón. Siendo tan chiquitina, tenía que darle leche -especial para ella– cada dos horas, así que podéis imaginar que mis noches no eran precisamente tranquilas. Pero bueno, lo hacía con gusto y sin sufrimiento alguno más allá de tener que levantarme para hacerle biberones. También tenía que ayudarla a ir de vientre, a hacer pipí… Bueno, lo típico que haría mamá gato a gatito recién nacido, nada que no sepáis, supongo. Cuando pudo empezar a comer solita, eso de levantarse cada dos horas se acabó y ella misma aprendió a usar su arenero solita y en tiempo record. Mamá estaba orgullosa de su peque.

Todo iba bien, maravilloso, perfecto. Mi bebé era adorable, cariñosa, juguetona y NO HACÍA NI UN SOLO RUIDO. A ver, sí, maullaba de vez en cuando para llamar mi atención y que le diese su dosis de mimos y juegos diarios, me dejaba los brazos llenos de heridas mientras jugábamos –la niña salió salvaje, que le vamos a hacer–, mordisqueaba los pomos de los cajones que le quedaban a mano… Pero más allá de eso, nunca molestó. Jamás. Ni una sola noche alzaba la voz. Se acurrucaba en la cama a mi vera y dormía como una santa. ¡Pero llegó el celo! La expresión “ir más cachonda que una gata en celo”… ¿la conocéis? El que la inventó era un exagerado, porque si hay alguien en este mundo que vaya más cachondo que mi gata cuando estaba en celo… En fin, que todos los dioses le ayuden. El primero fue soportable. El segundo… Bueno… Pero cuando empezaron a ser más seguidos… Matadme. En casa no había quien pudiese dormir.

Lo que nos llevó, tras varios meses, a plantearnos esterilizarla. Todos me decían lo mismo: “una operación muy sencilla”, “no es nada”, “ni te enteras”. ¡Jaaaaaa! Me río yo de eso. Yo no sé como será con otras gatas, pero voy a hablar de mi experiencia. Guiada por esos comentarios, yo pensaba que sería un mero trámite, nada serio. Ir, dejarla, recogerla y como siempre. Iba con miedo de que la anestesia le hiciera mal efecto, de que no se despertase, de que se despertase a media operación y la liase parda… En fin, de mil cosas que podían ir mal durante la operación en sí. La llevé a un centro veterinario en Barcelona en la que la operación salía relativamente económica y tras tres horas y media, me llamaron para que la recogiese. Cuando la recogí, aun estaba sedada. Le habían puesto, como es normal, el típico collar isabelino o campana. En cuanto lo vi supe perfectamente que la gata iba a intentar quitárselo, que estaría enfadadilla, pero que al final no haría más, que se comportaría y en 10 días podría quitárselo y todos contentos. Me equivoqué.

Creo que nunca me había dado un ataque de ansiedad como el que me dio al llegar a casa y a lo largo de mi vida me han dado ataques de ansiedad para dar y vender. Incluso ahora mismo, recordando el momento, se me cierra el estómago. Os juro que fue horrible, no exagero. En cuanto abrí el transportín la gata dio un salto –y eso que aun iba atontada por la anestesia– y empezó a correr por toda la casa, gritando como loca, dándose contra armarios, puertas, paredes. Entre tres personas conseguimos pararla y ella seguía intentando quitarse el collar isabelino hasta el punto de que casi se ahoga. Se lo tuve que quitar, como es normal, porque si no se lo quitaba la tía burra se ahogaba.

Estuve tensa durante dos horas de reloj, sin exagerar, llegué como a las diez menos algo a casa y eran las doce pasadas cuando salía otra vez para llevar a la peque al vete. No cené y me pasé todo el rato mirando a la gata para evitar que se lamiese la herida. En un determinado momento me dio por mirarle el corte –que, por otro lado, no es muy grande, debe tener la medida de como mucho un dedo–.

¿Que pasó? Se había quitado los puntos. Como os lo digo, la muy bestia se había arrancado los puntos. Obviamente, con lo hipocondríaca que yo soy, mi tensión previa, se tornó histeria. Llamé a Maria del Mar, Maria del Mar tuvo que salir corriendo de su casa para venir hasta la mía –sí, esas cosas le hago hacer a la pobre mujer– y ella examinó la herida, por si yo, en mi histeria, había mirado mal y los puntos seguían allí. Yo para cuando ella llegó ya había mirado 40 veterinarios 24h distintos –mientras le gritaba a Daniel, pobre, que también ha tenido que aguantar lo suyo, que no había ninguno cerca y que la gata se iba a morir–. También había llamado a uno cercano para preguntar si podía ir corriendo a llevar a mi gata que se estaba muriendo. Ya me veía yo, saliendo de casa con la gata en brazos y conduciendo a 180 por hora. Ahora leo esto y me río, pero en aquel momento estaba en pleno ataque de pánico y no era capaz de pensar con coherencia. Cuando llegó Mar, efectivamente, confirmó que la bestia de mi gata se había arrancado los puntos. La metimos en el transportin –menuda pelea para conseguir meterla– y partimos hacia el hospital veterinario Lauro de Granollers.

Nos atendieron en seguida –eran las doce de la noche y no había ni dios, vaya–. La veterinaria fue super correcta y soportó mi estado de histeria, mientras yo le iba soltando que si tenía que anestesiarla que lo hiciese, que estaba muy nerviosa y no se dejaría coger, entre otros comentarios exagerados que no hace falta que mencione. La anestesia no hizo falta. La sacaron del transportin –yo no, porque estaba temblando y no podía casi ni moverme– y la sujetaron entre Maria del Mar y la auxiliar mientras la veterinaria examinaba a la gata y su herida. La auscultó, le miró las orejitas, los ojos y comprobó que la herida estuviese bien cosida. Efectivamente se había quitado unos puntos, pero me explicó que no era nada grabe porque esos puntos no eran otra cosa que los más exteriores, que los ponían para prevenir, pero que no servían de casi nada. Me explicó que los puntos internos estaban muy bien cosidos y que estuviese tranquila. Que no le pusiese la campana (o collar isabelino) porque eso era lo que la ponía nerviosa, y que tenía arañazos por la barriguita, que ella misma se había hecho en su ataque de histeria, pero que no eran ni mucho menos serios. Total, que la gata estaba más sana que yo, que se me había descompuesto el estómago de la preocupación. Casi tendrían que haberme llevado a mi al médico a que me recetase Diazepan. Lo que sí que nos dio la Vete fue un antiiflamatorio porque en el centro en que la habían operado no le habían puesto y volvimos a casa. Mar se quedó a dormir esa noche y yo la pasé en vela mirando fijamente a mi gata y corriendo tras ella cada vez que intentaba lamerse.

Ayer hizo una semana desde la operación. Desde el martes pasado, no he dormido casi nada y, de hecho, ni siquiera he dormido en mi cama porque me da miedo abrir la habitación y que la gata se meta debajo de la cama con todas las cajas que hay debajo y se haga daño en la herida. Las dos primeras noches dormí en el sofá, pero la tercera Daniel tuvo la idea de que durmiésemos en la cama que hay en el estudio. En esa cama no ha trastos debajo, y la gata no peligraba. Así que allí hemos estado durmiendo… Bueno, allí ha estado durmiendo Daniel mientras yo corría detrás de la gata hasta que ella se dormía y entonces dormía yo también alguna hora.

Ahora llevamos dos noches durmiendo bastante bien. Ella se acurruca entre nosotros y más o menos duerme la noche entera, así que poco a poco vamos volviendo a la normalidad. La herida está casi curada y ahora mismo ni siquiera necesita los antiiflamatirios. Sin embargo, todo esto me ha llevado a una conclusión clara: en mi casa no volverá a entrar una gata hembra. O como mínimo, eso digo ahora, ya veremos lo que digo cuando algún conocido encuentre una gatita bebé abandonada, veremos si puedo contenerme de salir corriendo a por ella como hice con esta.

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