Fragmentos [1]

by Srta. Adler

Yo antes pensaba que no había una persona destinada a cruzarse conmigo y cambiarme la vida. Hasta que llegaste tu. Tu. Con esa voz tuya. Con tus labios que articulaban con claridad cada palabra que yo quería oír salir de ellos. Tu. Tenía veinticuatro años cuando nos cruzamos por primera vez. Hasta entonces nunca había experimentado con nada en mi vida. No era de ese tipo de personas. Para mi, lo seguro siempre había sido lo correcto. A posteriori he llegado a darme cuenta de que estaba equivocada. Ahora lo acepto, lo seguro no suele coincidir con lo correcto y lo usualmente estipulado como correcto casi nunca es lo que deseamos. Por eso tu siempre acertabas a decir lo que quería oír. No sabías –o no querías saber– que era lo correcto, pero sí sabías lo que deseabas y tu siempre hacías lo que deseabas sin importar lo que fuese correcto. Supiste de inmediato que mi vida necesitaba desesperadamente un cambio, como si yo lo pidiese a gritos sin siquiera ser consciente.

Aún tengo en la cabeza el sonido de tu voz pronunciando mi nombre. Laura. Lo dijiste entero la primera vez. A mi me pareció que lo saboreabas. Más tarde sabría que solo intentabas recordar cuantas Lauras habían cruzado por tu vida. Pensabas cómo me guardarías a mi en tu agenda telefónica cuando te diese mi número. Solo habíamos intercambiado tres frases, pero tu ya sabías que iba a dártelo. Ahora sé que lo sabías. Aquel día solo pensé en lo extrañamente satisfactorio que resultaba escuchar mi nombre salir de tu boca. En ese momento mi nombre cobró sentido. Estaba hecho para que tu lo pronunciases, pensé. Siempre he tenido, aún ahora, ese afán incomprensible por buscar lo poético de la vida, la belleza. Lo que tu me enseñaste es que buscaba en los lugares equivocados. Me sacaste del mundo en el que me había quedado encerrada sin darme cuenta.

Mi vida era algo tan común que rozaba lo tedioso. Cuando preguntaste por mí tu ya habías contado varias anécdotas sobre tu vida y recuerdo que me sentí avergonzada. Soy hija única, te dije. Mi padre estaba bien posicionado en una empresa de seguros y mi madre trabajaba como agente inmobiliario desde que yo tengo uso de razón. En mi casa las cosas siempre habían sido iguales. Desde que nací, hasta que me independicé. Todos los martes y jueves cenábamos verdura. Judías verdes con patata cocida o revuelto de espinacas. Veía la televisión de ocho a nueve en el salón, junto a mis padres. Me iba a la cama a las nueve. La luz de mi habitación se apagaba a las diez de la noche. Me lavaba los dientes cuatro veces al día durante dos minutos. Me duchaba a las siete de la tarde. Los sábados y domingos leía al menos media hora después de comer. Todo estaba perfectamente ordenado.

 

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