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«Beauty is terror»

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Una palabra nueva [1]: Vorfreude

Estaba ojeando Instagram, como siempre, cuando he caído en esta entrada del usuario anderpribiz. He leído la palabra y su definición y me he identificado inmediatamente. Traduzco, por si alguien no se defiende con el inglés:

Vorfreude (n): the joyful, intense anticipation that comes from imagining future plans”

Vorfreude (n): alegre e intensa anticipación resultado de imaginar planes futuros.

Soy de ese tipo de personas. Me pierdo imaginando cosas que tal vez nunca lleguen a ocurrir, me ilusiono, me hago mi película, construyo momentos en mi cabeza… ¿Sabéis el problema? Que pocas veces se cumple. La eterna lucha “expectativa vs realidad”.

Me doy cuenta de que es tan fácil romper mis ilusiones…

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Fragmentos [1]

Yo antes pensaba que no había una persona destinada a cruzarse conmigo y cambiarme la vida. Hasta que llegaste tu. Tu. Con esa voz tuya. Con tus labios que articulaban con claridad cada palabra que yo quería oír salir de ellos. Tu. Tenía veinticuatro años cuando nos cruzamos por primera vez. Hasta entonces nunca había experimentado con nada en mi vida. No era de ese tipo de personas. Para mi, lo seguro siempre había sido lo correcto. A posteriori he llegado a darme cuenta de que estaba equivocada. Ahora lo acepto, lo seguro no suele coincidir con lo correcto y lo usualmente estipulado como correcto casi nunca es lo que deseamos. Por eso tu siempre acertabas a decir lo que quería oír. No sabías –o no querías saber– que era lo correcto, pero sí sabías lo que deseabas y tu siempre hacías lo que deseabas sin importar lo que fuese correcto. Supiste de inmediato que mi vida necesitaba desesperadamente un cambio, como si yo lo pidiese a gritos sin siquiera ser consciente.

Aún tengo en la cabeza el sonido de tu voz pronunciando mi nombre. Laura. Lo dijiste entero la primera vez. A mi me pareció que lo saboreabas. Más tarde sabría que solo intentabas recordar cuantas Lauras habían cruzado por tu vida. Pensabas cómo me guardarías a mi en tu agenda telefónica cuando te diese mi número. Solo habíamos intercambiado tres frases, pero tu ya sabías que iba a dártelo. Ahora sé que lo sabías. Aquel día solo pensé en lo extrañamente satisfactorio que resultaba escuchar mi nombre salir de tu boca. En ese momento mi nombre cobró sentido. Estaba hecho para que tu lo pronunciases, pensé. Siempre he tenido, aún ahora, ese afán incomprensible por buscar lo poético de la vida, la belleza. Lo que tu me enseñaste es que buscaba en los lugares equivocados. Me sacaste del mundo en el que me había quedado encerrada sin darme cuenta.

Mi vida era algo tan común que rozaba lo tedioso. Cuando preguntaste por mí tu ya habías contado varias anécdotas sobre tu vida y recuerdo que me sentí avergonzada. Soy hija única, te dije. Mi padre estaba bien posicionado en una empresa de seguros y mi madre trabajaba como agente inmobiliario desde que yo tengo uso de razón. En mi casa las cosas siempre habían sido iguales. Desde que nací, hasta que me independicé. Todos los martes y jueves cenábamos verdura. Judías verdes con patata cocida o revuelto de espinacas. Veía la televisión de ocho a nueve en el salón, junto a mis padres. Me iba a la cama a las nueve. La luz de mi habitación se apagaba a las diez de la noche. Me lavaba los dientes cuatro veces al día durante dos minutos. Me duchaba a las siete de la tarde. Los sábados y domingos leía al menos media hora después de comer. Todo estaba perfectamente ordenado.

 

¿Por qué?

Allí estaba de nuevo, tan repentino como siempre. Notó la mano contra su cuerpo sin sutilezas, firme, apoyada en la curvatura que describe su columna vertebral, plantada en esa línea imaginaria que se dibuja en el lugar en el que la espalda pierde su nombre. Sintió como se sacudía por dentro, estremecida bajo el tacto de la palma caliente. La fina tela de la camiseta separaba las pieles, pero ella era capaz de imaginar la de él, áspera. Deseaba que lo fuera. Contuvo el suspiro, pero no pudo evitar volver a tensarse, como cada vez que él la tocaba. Empezaba a pensar que lo hacía a propósito. Tenía que ser deliberado porque no había necesidad de que la tocase. Sin embargo, lo hacía una y otra vez. Plantaba la mano en el mismo sitio y ella sentía como el calor se extendía por todo su cuerpo.

Hizo lo que tenía que hacer. Ni siquiera fue capaz de fijarse en qué era. Cogió algo de encima de la mesa y después se marchó dejándola sola de nuevo. Sola, abandonada con la idea que tomaba fuerza en su cabeza. Haciendo un esfuerzo logró volver a lo que estaba haciendo antes del contacto y trató de no seguir pensando en el agradable cosquilleo.

Era incapaz. Se dio cuenta cuando horas después seguía rememorándolo.

¿Por qué? ¿Por qué no podía dejar de pensar en ello? ¿Por qué le daba importancia? ¿Por qué era así? ¿Por qué tenía que buscarle explicación a todos los detalles?

¿Por qué él no dejaba de hacerlo?

No estaba muerta…

…estaba de parranda.

¡Ojalá! Pero no. Yo y lo de escribir nos hemos peleado. A medias. No es que una deje de escribir, es que escribe y todo lo que escribe le parece verdadera basura. Y así, servidora se dedica a escribir y borrar. Y no publica nada, porque “no merece la pena enseñar esto”. Y aquí estoy ahora, haciéndome un propósito de año nuevo en pleno abril. Porque puedo y punto. Quiero (y no digo que vaya a hacerlo, pero es la intención) hacer, al menos, una entrada semanal.

Pero vaya, que no prometo nada.

Nos leemos.

Estoy escribiendo un libro.

Así es. Estoy escribiendo un libro y he leído en una aplicación que el primer paso para escribir un libro es dejar de decir “quiero escribir un libro” y empezar a decir “estoy escribiendo un libro” así que: Estoy escribiendo un libro.

Es más difícil de lo que parece. Escribir un libro no (bueno, obviamente, eso también), sino decirlo. Es complicado decir “estoy escribiendo un libro”. Es como un compromiso. Decirlo te obliga a hacerlo. Así lo siento yo. Lo has dicho, has dicho que lo estás haciendo, y deberían verse los resultados tarde o temprano. Así que: estoy escribiendo un libro.

No va a ser un libro excepcional, ni el mejor libro del mundo. Pero va a ser Mi libro. Un libro escrito por mi. No será autobiográfico, ni fantástico. Será una historia corriente, que le pasa a gente corriente. Porque eso no tiene nada de malo. No todos los libros van a tratar sobre aventuras impresionantes y de viajes maravillosos. Yo quiero escribir sobre la vida que una hipotética persona pudiera tener, alguien como yo, o como tu.

Llevo años diciéndome que todo lo que se me ocurre ya está escrito y que debería ser original, que debería encontrar un tema que no se haya tratado antes, una historia nueva, innovadora… Pero he llegado a una conclusión: por mucho que un libro trate de lo mismo que otro, nunca será el mismo libro. No lo ha escrito la misma persona, y un tema puede tratarse desde muchos puntos de vista de maneras muy distintas, por lo que el libro resultante acabaría siendo distinto. ¿No? De todos modos, nunca he leído un libro que narre lo que yo voy a narrar. Eso no significa que no exista (seguro que existe), simplemente que no lo he leído yo, como individuo.

Escribiendo la frase que leeréis a continuación me he reído de mi misma, y es que va a ser una historia “de amor”. Siempre he dicho que no me gustan las novelas de amor. La literatura amorosa (¡que no romántica! Tal y como leísteis en este “Voy a criticar cosas”), esa que trata principalmente sobre el amor y los dramas que este conlleva, no ha sido nunca mi plato principal en cuanto a lecturas. Pero no es la historia de amor que yo quiero narrar. No quiero tratar el chica conoce a chico, se enamoran perdidamente y tras una serie de catastróficas desgracias acaban casándose y siendo felices para siempre jamás.

Entonces, ¿debería decir que voy a escribir una historia de desamor? No lo sé. No sé cómo calificar esta historia. Pero una cosa podéis tener claro: No será un cliché. O eso espero, porque no quiero que lo sea.

Pero bueno, yo no venía a hablar de mi libro, sino a informaros de que estoy en ello. Así que ya lo sabéis, estoy escribiendo un libro.

No voy a ser objetiva [2]: ‘El Club Dumas’ de Arturo Pérez-Reverte.

Aunque soy de la opinión de que todos los libros que pasan por nuestras manos nos marcan de un modo u otro, hoy vengo a hablaros de EL LIBRO que marcó mi vida como lectora. Puede parecer una tontería, pero tengo muy claro que libro marcaría como favorito, cual, de entre todos los títulos que he leído y probablemente de todos los que leeré, me llevaría al fin del mundo: El Club Dumas. ¿Que si tengo un motivo del por qué? Pues no, no lo tengo. Por eso NO voy a ser objetiva tampoco hoy.

Descubrí El Club Dumas y a su autor, Pérez-Reverte, cuando me lo recomendó un amigo, hace ya bastantes años. No recuerdo exactamente cuando me habló de él, pero lo adquirí en Barcelona, durante el año 2011. Recordaba ir con las expectativas altas y cogerlo con muchísima ilusión y ganas. Y no me defraudó. Siempre he sido persona de devorar libros y, como ya dije, de obsesionarme con ellos. El Club Dumas no fue una excepción. En cuanto empecé a leerlo no pude parar. Literalmente. La primera lectura fue del tirón. Empecé la tarde en que me lo compré y no paré hasta acabarlo. Ese día no dormí. Me pasé la noche leyendo.

¿Por qué? ¿Qué tiene de especial este libro para que no pudiera apartarme de él hasta acabarlo? Pues como ya sabéis, no soy crítica literaria ni pretendo serlo. Por eso este apartado del blog se llama “no voy a ser objetiva”, porque sencillamente no sé serlo. A mi, la manera de escribir que tiene Reverte me parece magistral, una obra de arte, así que sumergirme en sus frases era sencillamente como una especie de orgasmo intelectual. Una me guía hasta la otra y no hay pausas. Como la corriente de un río, te arrastra. Reverte tiene ese poder, desde mi puto de vista, claro. Me atrapa en sus palabras y ya no puedo salir de ellas hasta que no paran.

El Club Dumas cuenta un episodio de la vida de Lucas Corso, que, tal y como lo llama su autor, es un “mercenario de la bibliofilia”, un “cazador de libros por cuenta ajena” (y mi primer amor literario, ya que estamos describiendo). Es descrito como un tipo bastante desgarbado, delgado, despeinado, con su gabán arrugado y con las gafas siempre torcidas. Pero no os dejéis engañar porque pese a sus pintas de desvalido, el tipo, de indefenso no tiene nada. Y si no, leed:

«En apariencia, era uno de esos tipos equívocos que uno imagina fácilmente viviendo con una madre anciana que teje calceta y los domingos le lleva al hijo la taza de chocolate caliente a la cama; hijo al que en las películas se ve a veces caminando solo tras un féretro, bajo la lluvia, con los ojos enrojecidos y mustiando “mamá” con desconsuelo de huérfano desvalido. Pero Corso no había estado desvalido en su vida. Tampoco tenía madre».

La historia del libro gira alrededor de dos encargos que recibe Corso por parte de dos clientes. Uno de ellos, autentificar un manuscrito de “El Vino de Anjou”, capítulo de “Los Tres Mosqueteros”. El otro consistirá en conseguir averiguar cual de los tres ejemplares de Las Nueve Puertas del Infierno que sobrevivieron a la Inquisición es el verdadero y cuales son copias. Estos encargos llevarán a Corso a recorrer varias ciudades y a encontrarse con personajes que no le pondrán las cosas fáciles. Pero debo decir que a nuestro protagonista no se enfrentará solo a los sucesos, lo acompaña una mujer bastante especial. No, una mujer no. La Mujer. Irene Adler. ¿Cómo no iba a gustarme el libro?

Solo me queda darle las gracias a mi querido Holden, porque fue él quien, en su día, me presento esta maravilla. Y al resto, leed la novela y ya me contaréis.

De calma y soledad (I)

El guante negro estaba en el suelo bañado con la intensa luz del sol que se colaba por un agujero de la persiana. Alecto von Brandt fijó sus orbes claros, casi blancos, sobre la tela oscura y brillante de una de sus pertenencias más preciadas y suspiró. ¿Cómo había llegado hasta allí? Recordaba haberlos dejado bien puestos sobre la mesilla la noche anterior. Se obligó a incorporarse en la cama aunque podría haber seguido durmiendo.

Estaba agotada. Sus sueños nunca eran tranquilos. Ni idílicos. Con mucha frecuencia la acosaban pesadillas mezcladas con recuerdos de su infancia, poco agradable. Otras tantas ocasiones no recordaba sus sueños, cosa que agradecía a la mañana siguiente. Pero todas ellas solía despertar sobresaltada, con la respiración agitada y la sensación de desazón en el pecho. Claramente trataba de ignorar esos sentimientos y tan pronto se levantaba los relegaba a un lugar de su mente en el que no estorbaran durante la jornada. Despierta podía dominar la situación. El problema venía cuando su consciencia se apagaba. Read the rest of this entry »