De calma y soledad (I)

El guante negro estaba en el suelo bañado con la intensa luz del sol que se colaba por un agujero de la persiana. Alecto von Brandt fijó sus orbes claros, casi blancos, sobre la tela oscura y brillante de una de sus pertenencias más preciadas y suspiró. ¿Cómo había llegado hasta allí? Recordaba haberlos dejado bien puestos sobre la mesilla la noche anterior. Se obligó a incorporarse en la cama aunque podría haber seguido durmiendo.

Estaba agotada. Sus sueños nunca eran tranquilos. Ni idílicos. Con mucha frecuencia la acosaban pesadillas mezcladas con recuerdos de su infancia, poco agradable. Otras tantas ocasiones no recordaba sus sueños, cosa que agradecía a la mañana siguiente. Pero todas ellas solía despertar sobresaltada, con la respiración agitada y la sensación de desazón en el pecho. Claramente trataba de ignorar esos sentimientos y tan pronto se levantaba los relegaba a un lugar de su mente en el que no estorbaran durante la jornada. Despierta podía dominar la situación. El problema venía cuando su consciencia se apagaba. Read the rest of this entry »

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